Chicas mejores que los niños chistes

Mejores: Aquí tienes una selección especial de chistes donde hemos intentado incluir los que más nos gustan a nosotros. Diríamos que es nuestro Top, nuestra categoría estrella. Esperamos que disfrutéis con estas pequeñas obras de arte. Recordad que podéis puntuar los chistes, enviarlos por correo, por Facebook, Twitter,… Disponemos de chistes cortos, para morirse de risa, para cagarse de risa, chistes de mucha risa, o también los clásicos de Jaimito, para niños, para adultos, de animales, para partirse de risa, para llorar de risa, para mearse de la risa, chistes groseros y chistes chingones. Con tantas secciones, entendemos que no sepas por donde empezar. Los mejores chistes para niños son aquellos que tienen un lenguaje adaptado al suyo, un humor sencillo y fácil, y que no son excesivamente largos. Guiainfantil.com nos ofrece 10 chistes cortos infantiles para que padres e hijos disfruten y ríanse a carcajadas. Con este recopilatorio de chistes para niños que hemos preparado, reiréis un montón. Buenas noches queridos lectores, en el dia de la fecha decidimos confeccionar un compilado con los mejores chistes existentes en la web. Los mismos están especialmente destinado a los niños ya que son cuidados (no poseen groserías ni doble sentido), fáciles de aprender y contar y son muy pero muy graciosos. 03-sep-2018 - Te ofrecemos una selección con los 10 mejores chistes de colmos para los niños. Se trata de chistes muy cortos que empiezan con un: '¿Sabes cuál es el colmo de un...?'. A los niños les encanta ese tipo de chistes. Disfruta con este rato de diversión y no dejes de ver el vídeo con los chistes y nuestro amigo Traposo. Los chistes cortos son el mejor remedio para arrancar una sonrisa y mejorar el semblante. Es que con su humor directo, incisivo, con sorpresa y creatividad suelen ser un bálsamo para los problemas diarios y un buen aliciente para mirar la vida y el día a día con optimismo. Chicas que les gustan mayores, mi abuelito está soltero. Chistes cortos buenos, graciosos y divertidos para que rías a carcajadas Yo sueño todas las noches que estoy en una fiesta con dos chicas espectaculares, y tengo un gran problema porque estoy con una y no me da tiempo de estar con la otra, y en ese conflicto paso toda la noche. ... colmos, chistes cortos para niños, los mejores chistes cortos, chistes muy graciosos, chistes malísimos, chistes buenos y graciosos ... 1000Chistes Los mejores chistes, la risa asegurada Buscador de chistes. ... Chistes de niños. Chistes de niños. Chistes de parejas. Chistes de pastores. Chistes de perros. ... El otro día unas chicas llamarón a mi puerta y me pidieron una pequeña donación para una piscina local. Chistes graciosos para niños, adecuados para su edad. En Mundo Primaria entendemos lo importante que es para ti que el contenido que subimos sea adecuado para los más pequeños y es por esto por lo que nuestros chistes cortos han sido preparados para que no te lleves una sorpresa desagradable ya que todos los chistes que encontrarás aquí son chistes para niños.

Mi primer capiulo :3

2020.08.12 02:13 Librarii Mi primer capiulo :3

HERFANES
Capitulo 1.
- Ahhhh! – De forma brusca, algo la levanto – Soñé algo horrible, Melisa… Estabas muerta en mi sueño – Exhala – Al menos sé que fue una pesadilla solamente – Con el tremendo susto que recibió, agarro su almohada y volvió a acostarse - ¿Meli?, hey ¿Estas bien? – Tomo su mano, quiso ver si tenía pulso, su expresión facial se transformó en algo terrorífico, no sentía el corazón de su hermana – ¡Responde! ¡No me dejes! – Le hizo RCP esperando que hubiera alguna reacción – Meli… - Reposo su cabeza sobre sus brazos, y con lagrimas que recorrían sus mejillas, nariz y boca, solo podía rezar para que esta fuera otro mal sueño.
- Ahhhh! – Otra vez se despertó, pero ahora de verdad. En efecto, todo era falso, miro a su costado y no había nadie, se paró de la cama, y con sus pies desnudos, salió de su habitación. Bajo por unas pequeñas escaleras hechas de piedras, y camino cuidadosamente por el patio, justo en la zona de entrenamiento.
Ella salió a tomar un poco de aire fresco, a reflexionar un poco lo que había pasado. Mientras se lo planteaba escucha un sonido fuerte proveniente de la cocina, ella por su cuenta decide investigar, la luz esta prendida, lo que es raro a esas horas de la madrugada, se llevó un palo de madera que se encontró muy cerca de ella, de hecho, lo dejo ahí una noche anterior, abrió poco a poco la puerta, sin saber lo que iba hallar- ¡Te atrape! ¡Ahora dime que haces aqu…! – Su rostro de valentía se convirtió en decepción.
- ¡Sorpresa! Tardaste un poco Laria, tal vez dejarte una nota de venir aquí en vez de parecer un intruso era mejor, pero quería hacer algo más interesante y no tan típico, mira esto – agarro un cañón de confeti – Que raro, no funciona, a lo mejor si meto un cuchill... –Antes de terminar su frase, el cañón explota soltando un montón de confeti – Woah ¿No es genial?
- ¿Qué es esto Melisa? – Pregunta Laria
- ¿No sabes qué es? Es tu cumpleaños boba, eres adulta… En algunos países-
- Iugh
- No pongas esa cara – Melisa pone sus brazos cruzados – Mira, aquí están todos – Empezó a señalar – Ahí esta Marcos, Santi, Amber y otros que no me acuerdo su nombre jeje -
- ¿Y María y Silas? – Pregunta Laria
- Ah, ellos no pudieron venir, están un poco ocupados, pero no es nada contra ti, ya sabes cómo es esto, entre mas rango mas trabajo.
Antes de que pudiera celebrar el cumpleaños y soplar esas 18 velas, cerro con fuerza la puerta, todos en ese lugar se quedaron impactados – ¿No le habrá gustado el pastel? Jeje – Melisa intento hacer una broma para ligerar la tensión.
Afuera, en la zona de entrenamiento, Laria paseaba. Andaba molesta, todos sabían que a ella no le gustaban las fiestas ni los cumpleaños ¿Qué estaban intentando hacer? Pero más que eso, quería saber porque soñó lo que soñó ¿Significaría algo?
Esa duda la hacía sentir rara, solo sabía una forma de afrontar sus emociones, sea cual sea, fue directamente a la armería que estaba enfrente de la cocina y la zona de entrenamiento. Tomar con sus manos el arma con mas filo que había, y volver.
Sin antes darse cuenta, ya sostenía una espada tan filosa que el reflejo del amanecer se podría deslumbrar por completo, dirigiéndose al muñeco de practica que tiene el mismo tamaño de Laria, 1.83 aproximadamente, totalmente de madera. Se posiciono, agarro con fuerza el mango y se dispuso a atacar, fue tan duro el golpe, que dejo una marca en el muñeco tan notable, si hubiera tenido una espada del doble del grosor de la que poseía, seguramente lo partiría a la mitad.
- Oye – Le hablo Melisa – Sé que no te gusta nada de esto, pero quería hacer algo lindo por ti, digo, cumples 18 años, el mas importante, por fin podrás ser una líder, siempre has querido eso ¿No?
- Eso es lo que más me incomoda
- Vamos, seguro serás una gran…- Las palabras de Melisa fueron interrumpidas por una voz muy profunda, que cada vez que la escuchas sientes como si fuera una persona que no importa lo que diga, le sueles creer, que seguirías hasta el fin del mundo.
- Chicas, tenemos un asunto que tratar – Explico – Síganme
El peculiar hombre, las guio hasta la sala madre que está a una puerta de la cocina, del lado izquierdo. Es enorme, pero curiosamente muy vacía, no había televisión, ni sillones, en general ningún mueble u objeto que no fueran necesarios, casi todo se rellenaba con cojines, mesas pequeñas, libros. Las paredes llenas de espejos y obras de arte, autorretratos, algunos eran familiares, otros eran héroes para ellos, y porcentaje menor, eran pinturas llenas de simbolismos y filosofías.
Es tan grande el lugar, que había muchísimas puertas, tantas que hay 4 pisos repletas de ellas, Lo grande y ancho del lugar, mas el hecho de que no tenían muchísimos objetos creaba del sonido mas diminuto, un eco enorme, en especial cuando no hay nadie. Todas las habitaciones son de miembros, cada uno con su respectiva cama, baño, y alguna que otra pertenecía personal, solo pocos eran los afortunados en tener un cuarto separado de los demás, y entre las personas con suerte se encuentran Laria y Melisa.
El de la voz gruesa abrió una puerta que esta escondida detrás de una librería, Con una llave dorado que la tiene colgada en el cuello, pero que no se alcanzaba a ver por su saco que la cubría, Uso esa llave para girar la cerradura. Enfrente de ellos hay una escalera en espiral hacia abajo, los esperaba un camino tan estrecho que solo podían avanzar uno a la vez. El pasillo es como el de un bunker, al ser de concreto y teniendo unas luces blancas que parpadeaban, le daba un ambiente sofocante. Al llegar, una entrada de metal les negaba el paso, el hombre se encargó de dar una contraseña, antes de que hicieran un gesto, la puerta metálica se abrió, dejando ver lo que había adentro. Un centro, eso era. Un lugar lleno de libros, hojas en la mesa, en varios tablones e incluso en el suelo, todas repletas de información, de personas que siguen en búsqueda, objetos perdidos, secretos de países y facciones enemigas, así como los suyos. Los únicos que podían entrar ahí, eran los propios líderes y alguno que consideraban digno, por lo cual, casi nadie sabía de ese lugar, para la mayoría solo son rumores.
- ¿Que ocurre Padre? – Pregunto Melisa.
- Miren esto – El hombre es bastante alto, mas que Laria, alcanzando 1.95, piel blanca, cejas firmes, y unos ojos cafés que mostraban confianza ante la situación mas complicada, del mismo color tiene su saco y sombrero, un pantalón que combinaba con su zapato, ambos son igual de negros, en el caso de sus zapatos, podrías ver hasta tu reflejo – Hay un collar muy valioso que debe ser encontrado.
- ¿Un collar? – Pregunta Melisa intrigada.
- Si vale mucho, se dice que su valor puede ser llegar hacer de una hoya repleta de monedas de oro, hay coleccionistas que pagarían muy bien por esto – Fue directamente a Laria, toco su hombro y le dijo – Estamos esforzándonos a encontrarlo, no somos los únicos que la buscamos, con ese dinero podríamos pagar nuestros gastos, tal vez por muchos años.
- ¡Bien! ¿Cuantos iremos? ¿100? ¿200? ¡Espera! ¿Si somos 200 podemos llamarnos equipo Melisa? – Melisa con gran entusiasmo como siempre, le hizo reír a él, de mejilla a mejilla. Laria ni tan si quiera mostro un gesto.
Melisa tenía 14 años, Rubia, de ojos azules, de unos 1.63 metros y una sonrisa más grande que cualquier luna menguante, por lo cual su visión de la vida es graciosa y un tanto inocente, eso la distinguía de forma muy especial en ese lugar, y en el corazón de muchos. Se llama Melisa Lockheart, pero todos la conocían como la pequeña Meli.
Laria en vez de parecerse a su hermana, la diferencia entre ambas es enorme, cabello castallo, ojos oscuros, y mientras Meli siempre le encantaba estar rodeada de gente, Laria se sentía mejor en la soledad, incluso cuando entrenaba. Su visión del mundo es seca, como si nada le causara una respuesta que no fuera la de tirar la mesa e ir se. El Yin y el Yang plenamente representados en ellas.
- No Meli – Aclaro el hombre – Lo que necesitamos es cautela y sigilo, por eso iran los que pienso que están mejor en esta misión.
Melisa solo pensaban en una cosa
- Serán: Parlo Adam, Amber, Laria, Melisa y yo.
- Mm… Adam ¿Ese debilucho? – Laria entre dientes aclaro su disgusto.
- AHHHH, tiene que ser una broma SIlas – Melisa con una molestia, le replico
- ¿Pasa algo Meli? – Pregunto Silas.
- No… Solo que como ya comienzan las clases, no quiero sobre esforzarme jeje.
- Meli… ¿Qué te dije sobre las mentiras?
- ahhhh – Suspiro – “Si miento, le miento a mi dios, a mi padre y a mi”
- Bien, ahora dime porque no quieres hacer la misión.
- Iba a ir con unos amigos a Lucierna.
- ¿Sera pronto?
- Un poco después de entrar a la escuela.
- Okay, intentare…- Silas fue interrumpido por un regaño que seguro se escucho fuera de esas paredes.
- Meli estúpida – Dijo Laria - ¿En serio le prestas mas atención a tus amigos que a tu propia familia?
- Pero…
- Cualquier excusa no vale – Laria la siguió regañando sin perdón, verla enojada era como un tigre que no ha comido en años, y que se despertó para cazar, en algo todos los Herfanes estaban de acuerdo, y es que con una mirada podía hacerte temblar – Señor, perdón por esta molestia, Melisa estará preparada cuando usted lo ordene ¿Verdad Hermana?
- Si… - Melisa responde un poco obligada.
- Perfecto – Silas se puso sus lentes y se sentó en la mesa ovalada que se situaba en el centro de todo – Pueden retirarse, cuando consiga mas información, les daré la orden de ir, mientras tanto, entrenen, que las podría llamar en cualquier momento.
Laria y Melisa hicieron una pose de respeto, que consiste en hacer una reverencia con su cabeza de 5 segundos, mientras a su vez, agachan los dedos, meñique y anular, los demás dedos se posicionan de una forma singular, como lo que hace un niño para simular una pistola, y se lo ponen en el pecho. Melisa uso su mano derecha, y Laria la izquierda, para que el simbolismo signifique muchísimo mas, se debe utilizar la mano que mas usan, en el caso de Melisa es diestra, y Laria zurda. Después de los 5 segundos, se dan la vuelta y proceden a ir se.
En el pasillo en el que anteriormente estaban, volvieron a platicar Laria y Melisa.
- Oye Laria
- Mhh.
- ¿No te parece raro que ahora estamos buscando a un collar?
- ¿De que hablas? – Seguían platicando mientras avanzaban por ese espacio estrecho
- Todas nuestras misiones han sido de buscar información, o atrapar criminales ¿Ahora de pronto buscamos dinero y un collar? Y para colmo, es ultra secreto, por algo envió pocos, y cada uno de ellos son cercanos a él. Es raro.
Laria paro en seco – ¿Ahora te lo tomas en serio, después de avergonzarme enfrente de Silas? No seas tan quisquillosa, si él tiene un motivo hay que creerle.
- Si, lo sé, pero sigue siendo raro – Melisa reafirma su posición.
- Shh – Laria recurre a callarla – No digas nada hasta salir de aquí, seré tu líder y debes aprender a obedecerme.
Melisa no produjo ningún ruido, ni tan siquiera una expresión en su cara, simplemente se calló y ambas siguieron adelante.
Al salir de ahí, las dos se encaminaron a su habitación. El sol ya estaba en lo alto, al estar durante mucho tiempo encerradas abajo, cuando salieron a la superficie, fue un golpe duro en la cara, Melisa deseaba bajar de nuevo. Con un poco de molestia en sus ojos, subieron en la escalera de piedra que conectaba con el cuarto, abrieron la puerta y aunque no lo parecería de un principio, es enorme, machismo mas que los otros dormitorios.
Las paredes, el piso, las alfombras, las cortinas, los sillones (Uno de cada lado) Son azules, no había ningún color que sobresaliera más que ese.
Una cama matrimonial ocupaba la mitad de la habitación (Que también es azul), unos buros al lado de la cama, uno por cada lado, en ellos había ropa, libros, y alguno que otro objeto personal, en el caso de Melisa, tiene unos lentes, dentro de su estuche, y en la parte de atrás, la leyenda – Para mí bebe, espero que algún día puedes ver, lo que ninguna persona puede – Junto unas iniciales, la R y la H estaban muy remarcadas. Siempre le intereso saber de quienes son los lentes, y quien es o era R.H.
Laria también tiene un objeto valioso, consistía en un cuadro pequeño que ilustraba una flor, nadie sabía que significaba eso para ella, ni su propia hermana tenía esa información, no suele contar cosas de su vida.
Mientras la arreglaban, oyeron tres golpes con el puño cerrado en la puerta. Abrieron lo mas rápido posible pensando que era urgente, pero su preocupación se volvió alegría al ver de quien se trata. Un adulto joven, de tez de morena, con una estatura moderada, unos 1.85.
- ¡Parlo! – Melisa se sorprendió al verlo tan pronto, lo único que sabia de él, fue hace semanas, donde se enteró que está en una misión, pero solo Parlo y Silas compartían los datos.
- ¡Meli¡, ¡Laria¡, las extrañe chicas – Él es de todos los miembros, que mas ha estado con las dos, y el que mejor las conoce, se convirtió en un tercer hermano para ellas.
- Miren quien volvió, cuéntanos alguna historia, estoy segura que viviste alguna que vale la pena relatar.
- ¡Claro Laria!, he reído, sufrido, incluso amado – Ha Parlo se le escapo una pequeña risa – ¿y a ustedes? ¿Cómo les fue sin mí?
Sin clases, sin misiones, sin escuela, y ningún otro ocio, parecería que no había nada y que ambas estuvieran aburridas, pero a pesar, de que Laria en efecto se sentía un poco vacía, y solo pudo responder con un “Nada interesante”, Melisa veía cualquier cosa interesante y divertida, le conto sobre el día en que se lastimo en un entrenamiento, justo en la rodilla, pero que sus amigos estuvieron con ella, le hablo de que por curiosidad, siguió a una sola hormiga, hasta su hormiguero, de cómo casi le gana en Ajedrez a María, en fin, varias historias divertidas.
- Jajaja, me alegro por ti Meli – Dijo Parlo – Bueno, acaba de comenzar el día, tenemos mucho que hacer, las veré en la hora de la comida.
Después de que se despidieran, las hermanas Lockheart fueron a comer a la sala madre, habían llegado un poco tarde, pero todavía había algo para ellas. Melisa, Parlo, Laria, Amber, y Marcos se sentaron juntos en el piso para comer, todos querían saber lo que
Parlo había vivido en estas semanas, algunas cosas, no las pudo decir por razones de con fidelidad, pero intento responder todo lo que pudo
- Hey Parlo, dijiste que incluso amaste ¿Quién era? ¿Cuántos años tenia? ¿Cómo la conociste? Necesito saberlo todo.
- Cálmate un poco Meli jejeje, - Se podía ver el brillo en los ojos de la pequeña por saber - ah, pues fue una chica muy hermosa, la conocí en una panadería, trabaja ahí, le ayudé a subir unos costales de harina al camión, como tenía tiempo decidimos quedarnos un rato largo para hablar, fue alguien que me ayudo a no volverme loco en tiempos en los que la soledad era mi única amiga.
- ¿Te acostaste con ella?
- ¡Amber! ¿Cómo le preguntas eso?… ¿Pero lo hiciste Parlo? – Amber tiene el caballo gris y en forma de hongo, una estatura muy similar a la de Meli, ella no tiene pena con nada, es como si todo le diera exactamente lo mismo.
- No te preocupes, supongo que tienen curiosidad, pero esta Meli y le puede traumar mi respuesta – Todos se empezaron a carcajear, incluso Laria soltó una leve sonrisa
- ¡Oigan, dejen de tratarme como una niña! – Melisa quería reírse del chiste, pero mostro como un falso enojo para no darle la razón a Parlo.
- Pero eres una niña, je – Amber sacudió el cabello de Meli
- Jajajaj, para que negarlo, si fue divertido – Se dio cuenta no podía seguir ocultando su risa
En la comida, todos se la pasaron bien, contaron anécdotas y después de mucho tiempo, todos se sentía como una familia otra vez, aunque todo lo bueno debe terminar, y asi fue, enseguida de terminar de comer, entrenaron alrededor de seis horas, fueron a un patio que de hecho parecen terrenos, fuera de la instalación, es gigante, lo suficiente para que pueden albergar hasta 300 personas entrenando, con sus propios muñecos, pesas y largo etc., para sentirte que puedes mejorar en cada aspecto que desees, incluso hay maestro de varias artes marciales, que anteriormente también eran Herfanes como los propios chicos y adultos que siguen practicando.
Había cuatro tipos de rangos, el primero es el cargo de Lider, algo que solo tres personas actualmente lo tenían, Parlo, Maria y Silas, son lo mejor de lo mejor.
El segundo es la Elite, solo los que más tenían habilidad, inteligencia, fortaleza y que demuestran día a día su combate excepcional, entre ellos están Melisa, Laria, Marco, Amber y otros mas. Ellos no practican con los demás, sino en la zona de entrenamiento que está adentro.
El tercero consiste en practicantes o de plano gente que nunca alcanza a la gente de Elite, y realiza misiones de menor rango, algunos esperan ser de más utilidad en un futuro.
Y el ultimo rango es ayudante, son personas que generalmente no combaten, y se dedican a otra cosa, cocineros, jardineros, de limpieza o médicos, ellos suelen ser lo que mas apoyo consiguen para su estudio.
Una vez hayan terminado, suelen tener tiempo libre, Melisa fue con otros miembros a comprar helados, su favorito es el de vainilla, y en eso, Laria leía, un cuento, es interesante, habla de cómo un lobo dejo su manada, para buscar una mejor vida, un librito que normalmente se les contaba a los niños, pero eso no fue suficiente para que no le encante.
Como todos los días, llego la hora de dormir, se pusieron sus pillamas, cenaron, y se acostaron juntas, Melisa con el día tan gracioso y productivo que tuvo, iba a descansar bien, el problema es Laria, que cuando soñó lo de su hermana, no le pareció gracioso ni
para recordar, esperaba que en un futuro no pasara nada, y que olvidara pronto, esa terrible pesadilla.
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2020.08.01 05:57 vicvegajuas_36 Aquellas veces que vi a la muerte.

Supongo que para estar al borde de llegar al 20% de mi vida (suponiendo que no muera antes de los 80) la muerte ha estado muy presente en mi corta vida. Tengo 5 "historias" que creo que valen la pena contar. En cada una el miedo estaba presente, y más que nada en la última. Pero empecemos por el principio.
Si no mal recuerdo, la primera experiencia que tuve fue con algún pez. Siempre he sido un fan de la acuariofilia. Obviamente que a mi temprana edad de 3 o 4 años no podía meter mano en la pecera, ese era un asunto más de mis padres. Pero era el que más la miraba. Vaya, que mi vista estaba perdida en ese tanque lleno de peces coloridos y hermosos. Y sin venir a cuento, miro por donde la vista usualmente no llega, y ahí está... Un pez que le han arrancado la cabeza mientras es devorado por los demás. Por aquellos compañeros con los que compartió su vida. No sabía muy bien qué pasaba, así que lo trataba de ignorar, aun cuando me daba cierto disgusto.
Pero eso solo fue el principio. Me gustaría que, en beneficio de la narrativa pudiera ir subiendo las cosas poco a poco, pero la vida no me dejó. Mi siguiente experiencia fue no un peldaño más arriba, sino un piso.
Vacaciones, en algún punto entre 2009 y 2011. Un pariente lejano fue asesinado a tiros. Yo no sabía quién era, ni siquiera a que familiares debería apuntar la mirada para medianamente comprender a quienes estábamos yendo a visitar al otro lado de país. Un viaje en carretera sorprendentemente divertido de unas 7 horas fue lo primero que me tocó. Hasta hubo una "canción de viaje" (Vuela Vuela, de Magneto. Aunque estoy seguro que realmente me estoy equivocando). Vamos, que por al menos un rato, todo parecía un viaje de vacaciones. Hasta que llegamos a una parte donde un cartel verde enorme anunciaba en una forma medio tenebrosa el nombre de aquel pueblo. Recuerdo que, casi de forma automática, apagaron la música. Pregunté el por qué, y la respuesta fue "Respeto al muerto"
No creo que pueda entender, incluso aun hoy en día el porqué de eso. No creo que ningún muerto pierda el tiempo en ir a regañarte, gritando "¡Apaga tu puta música, o no me muero!" Da igual.
Y la duda en mí no paró. Llegamos a la casa de esas personas una hora después. Me quedé pensando si el muerto me estaba oyendo. Y en el momento que una nota saliera del auto, reviviría o algo. Llegamos a la casa de la madre de este chico, todo era lúgubre. En este hermoso país (México), la muerte es diferente en cada lugar. Hay algunos que celebran casi de forma literal, va medio pueblo, tiran cohetes, sirven comida... y en otros es más ligero. Entierra y vámonos. Esa vez, era lo primero. Dios, pero vaya que era raro. Medio mundo estaba pálido. La madre del chico no la recuerdo mucho, pero era la que mejor se lo tomaba por lo que podía ver. Y ahí estuve, preguntándome si debía estar triste, o normal por una persona que ni siquiera sabía cómo era su cara, pero cuyo cuerpo en medio de la casa, guardado en una caja blanca. (y la vida me enseñaría, casi una década después de lo mal que estaba en sentirme "normal" ante la muerte de un desconocido, pero en un momento vamos a eso)
Siguiente día. Toda la familia está con mejor "ánimo". Era hora de llevar el cuerpo. Llegamos al cementerio, y nosotros nos mantenemos alejados del lugar de la familia. Y la madre, abrió el cajón, miró el cadáver, lloró, y lo cerró. Fue algo corto. Pero mi mente me ponía esa morbosidad de querer ver el cuerpo. Pensaba que aún tenía agujeros, o que estaría sangrando. Cierran finalmente ese cajón, y con una grúa, en un hoyo probablemente hecho en la madrugada, metieron el cajón. Ahí pasaron muchas cosas que pude comprender a medias. Alguien se tira a ese hoyo, lleva una especie de jícara con lo que creo que eran gusanos, y los coloca dentro del ataúd, abriéndolo lo justo para meter eso. Después, a todos nos dan una rosa. Aun me pregunto qué estaba pasando por mi cabeza, pero sentía que era un juego. Quien pudiera tirarla en el mero centro del cajón, ganaba. ¿Por? No lo sé, ideas retorcidas de un niño. Y se acabó. Cuando nos largamos de ahí, ya en la noche, me puse un poco feliz.
Al fin podía escuchar música de nuevo.
El tiempo pasó, e ignorando a la muerte de un perro que convivió con nosotros menos de una semana, y uno que otro pez... todo estaba tranquilo.
Lo más cercano que llegué a ver a eso, fueron mis propios intentos de matarme. No, nunca fue nada peligroso, pero supongo que estuve cerca. Lo peor que me pasó es que me drogué con unas pastillas que ni siquiera sabía para qué eran. Y, ahora que lo pienso, diablos. Tenía unos 9 años cuando eso pasó. En ese momento estaba mal, pero no sé qué me llevó a pensar a hacer eso. Supongo que la idea de que jodería a todos haciendo que no pudieran escuchar música por semanas jeje. Y lo peor no me llegaría, eso sería para la secundaria. Pero eso ya es harina de otro costal, otro costal feo y enorme.
Mi abuela falleció a la mitad de la secundaria. No te engañaré, era una persona que amaba mucho. No solo por la gran persona que era, si no por su relación conmigo. Vamos, que era el nieto preferido (de entre unos 15) y era un honor. Más que nada creo que porque éramos amigos. Buenos amigos...
Todo fue repentino. Esteba en el cine junto a mi papá en una noche de jueves, viendo el estreno de "Star wars: Los ultimos jedi", y mi madre le habla a mi padre. Me dice con cierta tranquilidad que mi abuela está mal, y si deberíamos salirnos e ir a verla. Pero su tono de voz era muy casual. Demasiado... No era la primera vez que ella se ponía mal. Venga, que ya llevaba 85 primaveras. Así que le dije que mejor la buscaríamos mañana.
Viernes. Es un día espectacularmente feliz. Tenía mi clase favorita, a mis amigos, y simplemente era el hecho de ser viernes. Pero a la salida veo a mi madre, vestida de negro. La saludo, y la noto muy seria. Mi primera pregunta, era como estaba mi abuela. No hay respuesta. Insisto. No hay respuesta. Me enojo un poco, y tratando de dejar de lado ese pensamiento que estaba dominando mi cerebro le pregunto una vez más. Todos los hijos conocemos a ese lado inusual de nuestros padres, aquel lado frio e incómodo. Y ese lado se manifestó al decirme que me diría en el auto.
Y sentado, un poco mareado y con mi corazón desbocándose fue como me enteré que mi abuela había muerto. Trataron de decirme de una forma dulce, pero creo que fue para peor. La verdad, fue todo muy triste al principio. Y fue por un par de años la vez que más miedo pasé. Llegar a una funeraria, y entrar a aquella sala privada, con mis familiares llorando y vestidos de nuevo de negro.
Pero cuando el miedo llegó sin avisar, fue cuando mi madre me obligó a ver al cadáver de mi abuela. Me resistí. No quería. Definitivamente no. Pero, una cuestión de religión, o, quizás la necesidad de que yo también sufriera lo que todos pasaban, tuve que verla tras ese cristal. Y ahí estaba. No sé qué decir realmente sobre esto. Se veía en paz al fin. Y eso era un poco reconfortante.
Las horas pasaron, y más gente llegaba. Hubo un rezo, en la última noche. No aguante. No, no podía soportar estar por media hora rogando porque el alma de mi abuela no fuera al purgatorio. Era algo horrible. Y, con todo respeto a la gente que cree en dios, todo aquello fue una de las razones por las que hoy en día me considero agnóstico. Ese tiempo durante el largo rezo fue horrible. No me sentía "agarrado" por dios. Me sentía simplemente abandonado, rezándole al aire por el alma de una persona que en vida fue un pan de... dios.
Pero llegó el siguiente día. Al entierro llegaron, al menos creo yo, más de 70 personas. Ahí me di cuenta de una cosa. Por más triste que fuera la cosa, mi abuela tuvo 85 años para hacer lo que quisiera con su vida. Y se veía reflejado en la cara de los demás. Más de 70 personas, deprimidas por la partida de una persona así. Y ahí... ahí más que nada empecé a sentir respeto. Su tiempo en esta tierra había terminado, pero la había usado para ser una gran persona. Y para sacar a adelante a los demás. Y, cuando la enterraron encima de mi abuelo, quien se había adelantado hacía más de 18 años, si, estaba llorando... pero al mismo tiempo no podía sentirme tan orgulloso y suertudo de haber compartido una buena parte de mi vida con alguien así.
Al menos yo sí... porque mis tíos... tremendos bastardos. Me reía de los chistes de los terrenos de la abuela, pero santo dios. No creía que en menos de 72 horas tras estar bajo el suelo, mis familiares mostrarían su verdadera... saña.
Cuando la navidad llegó, la familia estaba destrozada. Y no tenía miedo de que jamás nos veríamos de nuevo. De hecho... me sentía tranquilo al entender lo pendejos y roñosos que eran.
La muerte quiso divertirse una vez más. Y, en menos de un año, se llevó al tío más veterano. No habría pasado un mes de la muerte de mi abuela cuando el cáncer llegó.
Él fue una buena persona durante 60 de sus 61 años vividos. Pero cambió. No sé si culpar a algo en específico. Pero simplemente, algo salió de él. La verdad es que no me daría miedo decir que fue un poco cabrón un par de meses antes de la tragedia. Pero es lo que hay con la muerte. Y mi tío, mi tío sabía cuándo moriría. No creo que estuviera listo para ver a la muerte de frente los primeros meses (de ahí porque se convirtió en un cabrón), pero al final, él y su familia lo aceptaron. Y, la vida, como queriendo jugar con nosotros, de nuevo nos informó con una llamada mientras que estábamos viendo una película, de que estaba grave. Pero al menos esta vez, estábamos seguros de que "eso" pasaría.
Supongo que la historia se repite en gran parte. De nuevo entre a una funeraria llena de gente llorando, y de nuevo me obligaron a ver su cadáver. Si, se veía muy diferente a aquel tío que conocí en las reuniones familiares, fiestas y quien había sido la primera persona en darme dinero por trabajar.
No me sentía tan mal. De hecho, me sentía mal por no sentirme mal. Y peor aún me sentía porque me reí en su funeral. Estaba con una buena amiga, y la verdad, solo tratamos de animarnos un poco. No, no me burlaba de él. Si no, solo trataba de buscarle la irreverencia a todo esto. Además, si no lo hacía, mi ansiedad me mataría. No soporto los funerales. Es un NO para mí. Ese rollo de tener un cadáver rodeado de gente me parece medio diabólico. Más para ser algo usual en la religión. Aquí solo puedo decir que me sentí... triste de nuevo. Pero, también un poco... ¿agradecido? Por el hecho de que dejó de sufrir. Y, eso siempre es bueno.
Pero nada me prepararía para ver la transformación de la muerte en carne propia.
Pasaron 2 años. Y finalmente estaba en la preparatoria. No me iba mal. Me sentía en un lugar donde, aunque aún estaba la inmadurez clásica de adolescente, no todos eran unos sínicos de morondanga. Las personas que odiaba se habían ido, y aquellos que no, pareció que el hecho de que los "malotes" dejarán el colegio, les había dado la libertad para actuar como eran realmente.
Llega el día. Viernes, última clase. Aquel maestro de Física que era apodado de forma cariñosa como "Frozono" por su aspecto ridículamente parecido al personaje de Pixar dejó un proyecto:
Ir a un parque de atracciones y hacer los cálculos para medir cuanta velocidad hace un juego.
¿Sencillo, no?
Además, iría con mi equipo de física. Sería la primera vez que saldría con mis amigos un día entero por decisión propia (bueno, obligada por un maestro solo un poco).
Sentí un poco como si creciera. Que ya estaba haciéndome el "adulto" (con 14 años...)
Y llegó el sábado. Inclusive me levanté temprano ese día. Salí con mi madre y llegué al lugar donde debíamos ir. Y los encontré en la mera entrada. Nos saludamos, reímos y entramos... sin saber que habíamos entrado en una ruleta rusa de 20 personas.
Hicimos esa madre de experimento. Y, algo que noté desde el principio era que todo era viejo. Pero suponía que era normal, con la "historia" tan larga de ese lugar. Tras subirnos a ese juego, y tomar el tiempo, suponíamos que era todo. Pero, la única adulta que estaba en ese momento con nosotros, decidió que nos compraría un pase para todo el día. Su hijo es una persona solitaria, y se sentía feliz de vernos juntos como amigos.
Y el revólver con veinte balas comenzó a girar. Con las balas yendo y viniendo. Sin saber si dispararía las veinte, o si se atascaría...
Mi amigo estaba aterrado de mi propuesta de subirnos a todas las montañas rusas. Y yo quería empezar con la más vieja. Una bella montaña de madera blanca. Pero a él le aterraba. Y no lo negaré, a mí también. Pero yo estaba convencido que debía perderles el miedo. Por lo que di la idea de finalmente ir primero a la más nueva. Una de metal que parecía no tener más de 5 años ahí.
Vamos, y la fila es sorprendentemente corta. No más de 30 personas. Llegamos. Va la primera vuelta. Seguimos siendo treinta. Hablamos de cosas banales. Segunda vuelta. La fila preferencial nos mantiene con 25 personas. Ahora nos quedamos sin temas de conversación. Tercera vuelta. No había muchos en esa fila preferencial, por lo que ahora somos 16. Bromeo con la película de Destino Final 3 al ver bien el juego, que estaba en terrible estado. Risas. Silencio. Cuarta vuelta. Parece ser nuestro turno. Pero esa fila preferencial... esa cosa salvó a aquellos que pagaron un poco más. El número se queda así y seguimos de pie... Quinta vuelta. Durante esta, llega un par de parejas. Jóvenes. Nunca me dirigieron la palabra, pero automáticamente me cayeron bien. No llega nadie por la fila preferencial. Al fin vamos todos. Estoy un poco nervioso, pero sorprendentemente feliz para lo que estaba a punto de hacer. Los tres queríamos ir en la parte de atrás. "¡Se siente mejor!" o "está con madre el jalón"
Pero, hubo algo en mí, que me dijo que deberíamos respetar la fila. Casi cuando mis amigos estaban por entrar en el vagón. Y nos metimos al penúltimo. Ahora estaba muy feliz. Y la máquina comenzó a andar justo cuando el dichoso último vagón estaba siendo asegurado. Ahí iban esas dos parejas. El juego comienza. Una enorme cuesta nos presenta el camino. Y sin saberlo, el revólver ya estaba listo, cargado y apuntando. Llegamos a la bajada. El juego para un poco sin detenerse.
Y caemos. Empiezo a gritar. Estoy gozando esto. Estoy feliz. Ya no le tenía miedo. Bajamos a más de 60 kilómetros por hora. Tomamos una curva y el juego vuelve a subir.
Y caemos. Pero esta vez llega mi mayor miedo. Los loops. 2. Los tomamos sin siquiera darnos cuenta de lo que pasaba. Volvemos a subir una vez más a por el último loop.
Y caemos. Tomamos el loop, estoy gritando a todo pulmón. Una fuerza gigantesca provoca que mi cuerpo vaya hacia abajo. Un fuerte golpe se escucha. Mi pierna. Mi pierna duele mucho de la nada. Subimos de nuevo.
Y caen. Una pequeña bajada es tomada con mucha fuerza, pero la subida ya no. El tren empieza a columpiarse al no tener fuerza. Puedo levantar al fin la mirada.
Mi primer pensamiento fue que había sucedido un error. Que pronto volvería a su normalidad y terminaríamos el recorrido. Mi siguiente pensamiento fue que estaban ya preparándose para Halloween desde septiembre, ya que había un vagón estrellado en el suelo. Simulando un accidente.
Tuvieron que pasar segundos para que mi mente se coordinara con mis ojos. Ese adorno tenía a dos personas. Y aquel vagón no era un adorno. Hace menos de cinco segundos estaba detrás de nosotros.
A algo se dirige mi vista. Como cuando la pecera. A ese lugar incómodo donde la vista no debía ir.
Ahí estaba el pez. Solo que era el joven simpático. Y al igual que ese pez, le faltaba una parte de la cabeza. Sentí una coordinación bizarra, ya que cuando comprendí lo que estaba pasando, y empecé a gritar, todos los demás se me unieron.
Miré a mi amigo. Tenía sangre en la cara. De nuevo voltee a mirar el juego. La sangre estaba hasta lo más alto de este. Y vuelvo a mirar a ese joven. Está aún vivo. Con un espacio en su cabeza donde hay un charco de sangre, más otro que hay en el suelo con restos de carne. Y ahí fue la vez que más miedo sentí en mi vida. Estaba viendo por primera vez a la muerte en todas sus fases. Ví como el chico, desorientado y con su playera blanca que revelaba la cantidad de sangre que perdía, tratando de mirar a su pareja. Tratando de abrazarla. Tratando de levantar su cabeza, ya que por la posición del carro literalmente se le estaba saliendo el cerebro. Y finalmente, se dejó de mover, en los brazos de su novia.
Casi dos minutos después alguien se asoma a ver que estaba pasando. Cuando esas personas que parecían no ser las que deberían salvarnos, hacían lo que podían por sacarnos de ahí me dí cuenta de algo. Faltaban los otros dos. Y le preguntaba a mi amigo que tenía la cara pálida, y la sangre cayendo por su mejilla donde estaban. Nada. No hay respuesta. Y sin saberlo, uno de ellos estaba tirado un poco adelante del vagón, sin que ninguno de nosotros lo viéramos. Muerto. Y la otra chica, estaba viva, pero aun así tirada.
Nos quitan la seguridad y nos ayudan a bajar. Sigo aterrado por ver como ese tipo esta palidecía más y más con una cara perdida. Y su novia solo lo abrazaba. Aún caía la sangre de su cabeza.
Cuando pude bajar sentí el dolor en mi pierna. Casi tropiezo. Doy una mirada al charco de sangre. Y escucho algo que me parte el corazón. Una niña. No debía de tener más de 10 años. Le llora a su papá por que pisó un pedazo de cerebro. Alguien comienza a vomitar. Una guardia nos abraza y nos dice que todo estará bien. Y, como una última broma de ese macabro juego, miro al suelo tratando de tranquilizarme. Como en una película veo gotas de sangre que cada vez se hacen más grandes hasta que llegan a un pedazo de cráneo con un poco de cerebro. Con una voz débil le pregunto a la guardia si eso es lo que creo, a lo que me dice que sí, y que siguiera.
Nos encerraron en una habitación.
No revisiones médicas, ni tranquilidad.
No escucho nada. Mi cabeza repite una y otra vez la escena.
Cuando recuperé un poco el sentido de todo, solo era caos y más caos. Gente llorando. Gente abrazando a sus familiares. Mi amigo peleando con un guardia y la madre de mi amigo abrazándolo entre lágrimas.
Y al fin, tras lo que pudieron ser 5 minutos, pero se sintieron horas, comprendí lo que pasó.
Vi a alguien morir.
No creo que sea necesario detallar que pasó después. Simplemente tuvimos que salir corriendo de ese lugar. Tuve que dejar la escuela por un mes. Y tuve que tomar hasta una medicación. Me hundí en una depresión y la ansiedad me asesinaba.
Lo pienso, y es irónico. Pero la muerte por la que más he sufrido fue de un completo extraño.
Reflexionado un poco sobre esto, ya a casi un puto año de eso, aquí me doy cuenta de que esa fue la vez que más miedo pasé. No solo por la impresión. Fue algo tan fuerte que hizo que un escritor de horror, que le gusta escribir y ver escenas gore estuviera perturbado por algo así.
No solo porque el tipo murió en manos de su novia.
No solo porque no debía tener más de 20 años.
No solo por la sangre.
Si no por el hecho de ver todo. A lujo de detalle. Y pensar que de alguna forma esa persona estaba viva. Y además, por el hecho de que por nada pude haber sido el que hubiera tenido la cabeza partida. Por un largo momento me culpé a mí mismo. Que yo los había asesinado. Y que era mi culpa. El miedo estuvo conmigo por más de 5 meses. Empecé a verlo. Con la cabeza abierta, sangrando y parado en la puerta de mi cuarto en la madrugada. Ese mismo miedo me perturbó el sueño. Cada que soñaba, era lo mismo. Sangre y montañas. (Inclusive ahora, me tiemblan un poco las manos y me cuesta tantito respirar al escribir esto)
Y, si lo de mi abuela no me había hecho completamente agnóstico, esto si.
Todo mundo le agradecía a dios que estaba vivo. Cosa que creo entender. Lo que ya no, es que me pidieran que yo hiciera lo mismo. ¿Qué le voy a agradecer a dios? ¿Qué me salvó por alguna razón a mí, mientras dejaba que otros dos murieran en mi cara? ¿No pudo evitar todo desde el principio?
Lo dejé en claro. Dios me ha abandonado. Desde hace mucho tiempo. Y yo no tengo ningún problema con eso. Es más, me siento más libre. Y no pienso en creer en algo así. Pero por favor. No me hagan creer en que debo de estar en deuda o algo.
Como dijo en su tiempo el Sr. Ricky Gervais: "Al final se morirán tus padres, tus amigos, y tú"
Y como dijo... (¿Era un filósofo o un científico?) Una persona más inteligente que yo hace mucho tiempo: "El orden de los factores no afecta a el producto"
Juro por dios (espera...) que no quiero terminar en una nota baja porque puedo. Así que tomen esto como una nota cruda, realista y atemorizante que puede que casualmente sea baja.
La muerte es inevitable. Eso es obvio. Y cada quien la verá sí o sí. Si tienes suerte de que de alguna forma nadie de tus cercanos muera, tú lo harás. Ella nos está acechando. Y debemos vivir con eso. Ya ni siquiera creo que debamos actuar como paranoicos. Digo, no te estoy pidiendo que seas imprudente. Matate tú, no a otros. Y si es mejor, deja que algo más allá que tus propias manos lo hagan. No vale la pena. Y si lo vas a hacer, asegúrate de que funcione. Porque si no... Sigues vivo, y arruinado. Da igual. Solo hay dos formas de morir. Sabiendo que lo harás, o no. Vive la vida con prudencia. No te estanques en pensar que de algo hay que morir. Solo acéptalo y continua.
Estoy marcado por la muerte. Mi "corta" edad ya sirve para contar malas historias con ella. Y mi futuro estará ligado con ella. Me gusta el horror. Matar gente con solo el poder de los dedos. Y, además quisiera ser un paleontólogo. Básicamente investigar cosas que están tan muertas que son rocas. Rayos. Yo solo me metí el pie con esto. Mi mayor miedo, creo que no es que me muera, si no que los demás lo hagan. Y tremendas profesiones agarré para tener miedo.
Pero supongo que está bien. Al fin y al cabo la vida termina de un momento a otro. "Estás vivo" "¡Pues ya no, felicidades!"
Es, por más rudo que suene, es un 50% suerte y un 50% tu responsabilidad mantenerte vivo. Una ruleta rusa que te dará sí o sí. Creo que lo que quiero concluir es que por algo estamos vivos. Y también por algo nos morimos tan fácil. Al final eso no importa. Como dicen "Vales más por cómo viviste que por cómo moriste" Cuando estés en el suelo sangrando, en el hospital entubado, cayendo de un avión, o siendo prendido en llamas por un loco, al final solo valdrá la pregunta "¿Hice algo bueno con mi vida?
Y mirarás a la muerte directo a los ojos por primera y única vez, mientras todo se apaga lentamente y tu existencia termina...
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2020.07.30 08:11 JorgeCast1_ Gente de Reddit, ¿Porqué no se le declararon a la persona que les gustaba?

Para entrar en calor yo les contaré mi historia con este tema:
Cuando entré a la escuela (específicamente la secundaria), me enamoré de una chica la cual yo creía diferente a las demás, que era hermosa y todas las cosas que piensas de una persona cuando te enamoras.
El punto es que yo quise hablar con ella, pero en ese momento algo en mi mente me decía: "No lo hagas". Siempre estaba ese sentimiento de que algo me iba a terminar mal, así que mejor me guarde los sentimientos.
(Luego de esto estuvo quedando con un tipo el cual en palabras de sus amigos era un "Envidioso e hipócrita", lo cuál me hizo cuestionarme mucho sobre mi y el que tanto valgo)
Un año después ella se entera de esto gracias a un amigo (Consejo: Nunca mencionen estas cosas a sus amigos cuando son demasiado inmaduros como para comprenderlo ya que ese "secreto" lo sabrá media escuela), ella tiene la iniciativa de querer hablar conmigo, pero yo no respondo a esta, simplemente estaba aterrorizado por la idea de tener que hablar con ella.
Ella sabía que era una persona tímida, e incluso llego a hacer chistes de eso en los que ella se reía, y a mi no me quedaba de otra más que dar una sonrisa aunque estuviera pasando por el peor momento de mi vida.
Otro año después un amigo mío se metió en el papel de Cupido y nos hizo quedar a los dos en una charla en la cuál obviamente como todo un inseguro no quería estar ahí, pero al ya no haber ninguna escapatoria tuve que quedarme y comenzar a hablar con ella.
Tuvimos una conversación digna de niños de 1° de primaria preguntándonos cosas del tipo "¿Cuál es tu color favorito?", Hasta que mi amigo al no ver avance de mi parte le susurra algo a ella, después comienzan preguntas sobre el porqué me enamoré de ella, preguntas que no quería responder pero tuve que responder algunas, todo iba relativamente bien hasta que me preguntó lo siguiente: "Dime... ¿Qué sientes por mi?
Esa pregunta honestamente me quebró, no supe que decir, que hacer o que responder. Literalmente no respondí a esa pregunta.
Luego de eso me dice que está bien, que podemos ser amigos y cosas así, luego de esto se fue y nunca más volví a hablar con ella (Lo más ridículo de todo es que ella estaba en mi salón, y aún así entre ella y yo nos las arreglamos para no vernos a los ojos durante todo lo que duró la secundaria).
Ahora después de esto quisiera saber si a ustedes les pasó algo similar y si es así, ¿Porqué decidieron no declararle su amor a una chica/chico?
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2020.07.05 03:13 Acrodit Anime como ejemplo a la cultura Mexicana

Ayer vi la película de Chicuarotes, y vaya creo que es una fantástica película, por el simple hecho de que me hizo sentir muchas cosas, entre ellas coraje, tristeza y decepción, cuando apenas la puse pensé "esta ha de ser una versión mexicana de Joker" y aun lo sigo pensando, pues comienza con estos dos chavitos como todos hemos visto en el metro y en las rutas que se ponen a contar chistes y pedir dinero, pronto se muestra la situación desesperada en la que están después de que asaltan a la gente del camión y me hace sentir mucho coraje hacia ellos, pero luego algo de empatía al ver como más adelante están comiendo chocolate caducado y que el protagonista diga algo sobre como ni un un buen pinche dulce pueden comer, lo cual me hace pensar, bueno es cierto, la situación de pobreza en el país hace que existan esas condiciones de vida y que coraje que sea así, acompañado de una mala o total falta de educación, sobretodo en la ética y la moral hace que el protagonista tome las decisiones que toma.
Si analizamos al personaje desde sus principios, me parece que tiene potencial de ser un gran líder y estratega, pero lo que vemos como parte de sus decisiones es manipular a su hermano, buscar imponerse sobre los demás, humillar a su otro hermano para que haga lo que quiere y demás.
Me dieron unas ganas de llorar y creo que un sentido de impotencia, por ver como era su papá, golpeador, alcohólico y que abusa de sus hijos. Y pronto termino sintiendo nuevamente coraje y ahora odio hacia el protagonista por secuestrar a un niño de unos 8 años con me acompaña un sentido de impotencia al ver como un wey del pueblo se lleva a los niños aparte del grupo, quienes querían buscar justicia por sus propias manos, intentando abusar de la chica del grupo y luego todavía el wey que según era su novio diciéndole que esto era su culpa.
Me gusto el hecho de que aquí mostraran representaciones en mural de los axolotl y que uno de los personajes tenía dos como mascotas, siento que por ahí va el asunto, mostrar la fauna y cosas bellas que hay aquí tal vez sería bueno hacer una historia que gire alrededor de algo de aquí, o que sea tema central, como podría ser un quetzal o algo así
Creo que es una película muy bien hecha pero me da tristeza que solo tengamos crudas representaciones de la realidad en la que vivimos, vease la de Ya no estoy aquí, Historia de un crimen, o historias de comedia vulgar, vease las peliculas de Martha Higareda y Omar Chaparro.
Además, acabo de ver la película de Amor de gata, una historia de romance con un aire de las peliculas de Ghibli, posible spoiler, idk: es una historia que muestra una representación de fantasía de la isla de los gatos, incluye aspectos de los festivales que son tradicionales por haya, además de incluir elementos de las máscaras tradicionales que son parte de su cultura como la del kitsune y la de onnamen.
Y me es fascinante ver como toman todos estos elementos y crean una historia así de bonita a pesar de todo, es decir, las cosas tampoco están muy bien por haya con su alto indice de suicidios, el hecho de que la gente no se casa, su sobre población y grandes exigencias en sus trabajos, pero no veo que anden haciendo películas centradas en esos temas.
Estas películas anime muestran buenos mensajes con las representaciones de sus deidades y de los valores y enseñanzas que estos representan, (spoiler de Amor de gata)por ejemplo con que la protagonista tenia problemas con sus padres y por ello creció con la idea de que alguien nunca podría amarla siendo quien es hasta que aprende a aceptarse, si hiciésemos algo así podríamos empezar a inculcar estos principios desde la juventud del mexicano, mejoraríamos nuestra forma de ser y pensar de nosotros.
Pues siento que la cultura es un medio muy importante para fomentar valores y principios, usemos estos medios para enseñar lo mala que es la corrupción y dar ejemplo con ello de qué es ser una persona honesta.
De la misma manera, digo que evitemos las representaciones de las narcoseries, como ejemplo digo que aunque existe mucho anime que muestra a los yakuza como gente mamalona (por que bueno si lo pensamos la verdad tienen una mejor moral que los narcos) en muchas representaciones son villanos de los protagonistas o simples criminales, hay que representarlos como lo que son, meros criminales, y que sean derrotados por héroes de la justicia.

Aun si muchas producciones mexicanas de antes y actuales están centradas en la comedia y en ser vulgares, lo cual no digo que sea malo pero no lo es todo, podríamos intentar abarcar otros géneros. No dudo que las generaciones que están surgiendo de gente creativa como directores, artistas, escritores y demás tengan otra visión, pero por lo mismo de que esto es lo que hay hasta ahora tal vez no se sientan con muchas ganas de trabajar en algo que represente nuestra cultura, sino tal vez producciones que muestran otras culturas, o puede que incluso terminan aplicando fuga de cerebros. No se, que alguien que estudia artes visuales me diga que opina.
Pero hay tantas cosas que podríamos hacer, por mencionar algunas ideas :
- Una historia de romance serio y bonito con las reencarnaciones de Popocatépetl e Iztaccíhuatl
- Que tal un héroe representado tal vez por un policía bendecido por Huitzilopochtli quien le da poderes para enfrentar criminales?
- O un relato donde se le de un final feliz a la llorona y que pueda descansar en paz
- O una historia de fantasía con alebrijes y el mas allá, aunque creo que de esto ya hay
De que hay obras así pues si los hay, como la saga de Leyendas, de estas solo he visto La leyenda de la Nahuala y personalmente no continué siguiéndolas porque el estilo de animación no me gusta mucho.
Pero bueno esta fue mi opinión sobre estas dos películas y sobre mis expectativas hacia el futuro de la cultura del cine, me gustaría saber su opinión, ¿cómo podríamos causar un mayor impacto en otros países con representaciones de nuestra cultura? algo que les haga decir "¡esto esta mamalon, me voy a volver otaku de méxico!"
TL;DR: Vi las películas de Chicuarotes y Amor de gata en Netflix, me gustaron mucho y ahora me cuestiono como podríamos hacer producciones mas diversas del cine mexicano y salir de las ideas de la corrupción y la idolización del crimen
Gracias por su tiempo.
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2020.05.19 00:21 DanteNathanael Una karta sin entregar #6.2

Estaba hablando con un amigo y olvide puntos importantes sobre amar a alguien.
Es cierto, hasta cierto punto, que no puedes amar propiamente a alguien hasta que te ames a ti mismo. Pero también añadiría el que sin amor propio, "nadie" te puede amar. Podemos ir por la vida diciendo que "ay, pero si soy esto y soy el otro, soy todo lo que las personas quieren ¿por qué no me ven que estoy aquí?" Bueno, por el simple hecho de que esa persona no está valorando ni siquiera eso, sabe que lo tiene, pero no lo valora, al contrario, lo devalúa, lo tira por la borda y empieza a buscar otras alternativas que cree si sean valiosas (estar mamado, tener dinero, tener estatus social). Esto es literalmente la historia de Caín y Abel. Esta historia me gusta conorenderla como el asesinato arquetipico de nuestra buena voluntad por dar lo que damos y valoramos de nosotros de manera estúpida y sin apreciación por parte nuestra. (Gracias Jung, Peterson y Goddard.)
No, please, stop it, get some help. ¿De qué sirve que la sociedad lo valore si tú no lo haces? Literalmente podríamos llenar la lista de cualidades que se buscan más en una relación, y no tener una, ¿por qué? porque esperamos que alguien más lo valore por nosotros.
Hay una gran diferencia entre ser creído y humilde—consta en la manera en la que usamos las cualidades que valoramos tener. Si valoramos nuestra inteligencia, pero la usamos para sobresalir sobre otros para dejarlos en ridículo, somos creídos. Si la usamos para aprender más y enseñar, somos humildes. Estas cualidades van a verse sin que las digamos, por lo que tener que remarcarlas también es una señal de que no está completamente integrada a nuestro ser.
¿Entonces esto se basa en integración? Sip. Neuropsiquicamente diría que es la integración de los complejos presentados por los arquetipos (la asimilación de valores y cualidades a partir de una símbolo que lo represente—digamos como si quisiéramos ser como papá y no solo lo imitaramos, fuéramos papá por un tiempo, y ese ser es lo que nos "desbloquea" las habilidades que tiene papá, que no son de papá, si no de la idea de lo que es un papá, y del cual nuestro papá es también una representación de (no es fake it till you make it, es ser (Piaget fue el que descubrió este mecanismo. Puede verse en Juego, Sueño e Imitación en la infancia )) de la personalidad a la consciencia, en donde el ego puede acceder fácilmente a ella y presentarlo como una persona o como nuestra personalidad total (es decir, una vez que ha sido integrado y somos "como papá," podemos serlo cada vez que sea necesario o queramos. Persona es latín para máscara.)
El querer aquí es lo deseable. Muchas veces somos lanzados a representar un símbolo que no es deseable para nosotros. Como lo que pasa cuando nos ponemos todos pedos y parecemos otra persona. Esto se llama una neurosis, una incisión/separación entre los elementos de nuestra propia psique, porque no hemos integrado esa parte—que es totalmente nuestra y nuestra responsabilidad—a nuestro poder consciente.
Esto es lo que pasa cuando me ponía celoso (sip, he estado hablando de mí todo este tiempo), me veía aventado a representar el arquetipo del amor en su polo negativo cuando había algo que aparentaba amenazar con quitarme mi objeto de amor. ¿Por qué? Porque simplemente no me valoraba para nada como persona. Creía que era alguien a quien siempre dejaban, a quien siempre le mentían y blabla (y lo hicieron, gracias por cumplir mi profecía (gracias a cosas así es que uno sé da cuenta que realmente es responsable de todo lo que le pase hasta cierto punto)((me acorde de un meme) gloo-gloo)). Por supuesto que era una amenaza para mí, porque ¡era un pedazo de mierda sin valor! Ustedes podrían decirme "pero Ángel, no lo eras." No, si lo era, porque ustedes no podían ver lo que estaba pasando en mi mente.
Y la pregunta entonces es, ¿cómo es que llegué a eso? Muy fácil: imitación (las neuronas espejo son una maravilla). Mi mamá y mi papá eran celosos. Crecí viendo telenovelas. Nunca tuve un arquetipo representado en mi vida de lo que era un amor bonito. Todo se basaba en fuerza, en hacer y conquistar. Por esto es que no me quería acercar a Nathan precioso sin estar bien. Los niños no solo entienden lo que pasa, lo imitan, especialmente si son sus padres. Así que cuando nacemos no solo ya venimos con lo nuestro, también somos bombardeados con todas las imágenes que vemos, y, si, aprendemos del ejemplo. Las palabras que nos digan son tan vanas como no decir nada cuando el mensaje que leemos en el comportamiento y "aura" de alguien es absolutamente lo contrario a lo que nos tratan de enseñar. Y recordemos que aprender es simplemente pasar conocimiento, del cual abstraemos modos de actuar frente a diferentes situaciones. Así que si aprendimos que el amor se defendía a fuerza bruta, y todavía de eso andamos sin amor propio, puta, que ganga.
Bueno, y aparte, ¿cuándo imitamos realmente eso? Yo, por ejemplo, me volví así en mi primera relación, pero después de un tiempo. ¿Acaso ensaye peleas y escenas en donde tenía que defender a mi objeto de amor de algo ajeno a mí? Sip: en mi mente. Y podríamos decir "oh, ¿pero la mente qué tiene que ver? Todo es imaginario." ¿Enserio? ¿Los celos no son totalmente imaginarios al principio? ¿Cuál es la memoria más vergonzosa que recuerdas? si la recordaste bien, probablemente tuviste una reacción corporal. Nuestra mente y lo que pase en ella es más real que lo que consideramos real, pues trasciende espacio y tiempo. En ella todo existe como un ahora. Es por esto que el futuro parece tan imposible y el pasado tan cómodo o doloroso. Podríamos decir que el futuro y lo que vamos a hacer nos causa ansiedad porque solo lo podemos imaginar, y en nuestra mente vemos todo desde el ahora, por lo que nos enfrentamos a un posible futuro con las herramientas del ahora—viendo cómo fallamos, o cómo no sabemos qué hacer, esto nos causa ansiedad y miedo para avanzar. Pero, recordemos, el tiempo es una ilusión desde el punto de vista de la mente. Si en la realidad física nos preparamos todos los días, el futuro se va a volver más claro, porque lo vamos a atacar desde un ahora en donde estamos más preparados. Es por esto que un objetivo y un significado nos impulsa a través del tiempo para lograr algo que al principio quizás no sabíamos podíamos llegar a ser.
Y, bueno, lamentablemente lo mismo pasa con la negatividad.
Ya eres eso que quieres ser, y tu negación a verlo es la única razón por la que no lo ves. —Goddard
Después de todo eso, quiero volver a retomar el tema de ayudar a alguien—recuerden que siempre es con que lo pidan o acepten la ayuda.
Es como cualquier terapia, no tomas el dolor de alguien más y lo haces el tuyo, en su lugar, tomas su dolor y aprendes de él. Al aprender de él, aceptamos lo que está pasando. ¿Aceptar? Si. Nunca hay que negar lo que está pasando, nunca hay que decir que no existe o que nosotros podemos quitárselos. Jajaja. Reconocer la situación es el punto de partida para la sanación. . . . ¿Aceptar? Si, es muy necesario porque así no juzgas a nadie. Lo que nunca, por amor de Dios, nunca debemos hacer al ayudar a alguien es ayudarle en un espíritu de burla o de enojo o de asco o de rechazo, siempre debe de ser uno de amor. Y el amor es aceptación. . . . ¿Pero la aceptación no sería cimentar todavía más el problema? Nah. Recordemos que el tiempo es una ilusión en nuestra mente. Lo que finalmente queremos hacer es ayudar a esa persona a que haga las paces con su malestar, y que con sus propias fuerzas y sus propios méritos decida lo que quiere hacer. . . . ¿Y qué hacemos al ayudar? Amar, pues. No vamos a saber lo que vaya a necesitar o pedirnos esa persona porque simplemente no somos ella. Por lo que siempre hay que estar dispuestos y atentos, recordar que estamos ahí para ellos. Y que cuando lo estemos, no los juzguemos. Puede que caigan mil veces, pero las mil veces no serán desde cero, serán desde donde se cayeron la vez pasada. Paciencia, dedicación . . . amor.
¿Y si nosotros somos los que necesitamos la ayuda y no hay nadie? Bueno, bienvenido al club. Para empezar, no nos hace mejores o peores el sanar solitos. Lo que importa es sanar.
Ahora, lo que yo hice es darme bonitas palabras y amor a todo lo que si hacía bien, e ir restándole importancia a lo que hacía mal para irlo cambiando. Reconocí mi valor como persona. Me amé a mi mismo, y lo hago un poquito cada día. Deje también de buscar confirmación de esto, pruebas, en el mundo. Generalmente puede que pensemos que las cosas van a reflejar el cambio de manera automática. No. Pero lo que si es automático es nuestra forma de percibir esas cosas. En mi caso, los celos todavía no están erradicados, pero están mucho mejor de lo que estaban. ¿Exactamente cómo? Pues con mi valor propio igual.
No hay nadie a quien cambiar en el mundo más que a uno mismo,
dice Goddard. Y es verdad. Si queremos cambiar una actitud a la cual parecemos siempre estar expuestos a, cambiamos algo dentro de nosotros. Luchar contra el mundo es luchar en vano. De nuevo, tomemos el reflejo desarreglado en el espejo, no arreglamos el reflejo o el espejo, arreglamos lo que está siendo reflejado, a nosotros mismos. Les contaré una historia.
Mi última relación oficial fue con una chica llamada Dariana. Éramos super super tóxicos, celosos, nos enojábamos a lo wey, nos emputábamos con mensajes inexistentes, nos hacíamos el feo porque simplemente nos vieran en la calle y—esto yo no lo hacía—me provoca celos intencionalmente. Jajaja. Si, me engañó. ¿Y luego saben qué pasó? el sueño de todo preparatoriano promedio: volví con ella después de 3-5 meses de depresión. ¿Por qué? Varias cosas: tenía miedo a que nadie me iba a querer así, todo celoso, todo tonto, todo estúpido y sin autoestima; debido a eso, a que no tenía autoestima, creía que era mejor volver a su amor, con todo y toxicidad, porque era mejor a no tener amor; y también porque pues sexo.
Hicimos muchas pendejadas, creíamos que habíamos reiniciado la chispa del amor. Pero no. Jajaja. Solo estábamos calientes.
Y bueno, el chiste que nos separamos ya bien. Ella siguió su camino, yo el mío. ¿Qué aprendimos de ahí? Ella mucho, yo apenas. Jajaja. Ya tiene más de un año con su novio. Yo me la seguí pasando de idiota y miedoso. Y lo reconozco, si lo fuí. Mi vida sería una maravilla ahorita si me hubiera aventado este proceso a la par de ella.
Hace unos meses hablamos, me preguntó que cómo estaba. Platicando más me dijo que lo que había aprendido cuando salió de nuestra relación, después de volver, era a quererse a sí misma y dejar de ser una celosa. ¿Hubiéramos vuelto si hubiera avanzado yo también? Probablemente. Pero no fue así. Y estoy feliz con que sea así. Ella conoció a alguien más apegado a lo que ella quiere y yo también.
Esto prueba que el pasado es un lugar lleno de mentiras. Las cosas avanzan. Si vamos a llevar algo de él al presente, sera mejor que llevemos lo mejor, sea física o mentalmente.
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2019.10.28 23:23 Farajo001 Una Historia de Terror: "La casa de Adela" de Mariana Enriquez

Es recomendable que apagues la luz, cierres la persiana ya que no debe haber ninguna luz
(Si disfrutaste de esta historia, por favor dale a la flecha naranja y comentá cómo te hizo sentir)
" Todos los días pienso en Adela. Y si durante el día no aparece su recuerdo —las pecas, los dientes amarillos, el pelo rubio demasiado fino, el muñón en el hombro, las botitas de gamuza—, regresa de noche, en sueños. Los sueños con Adela son todos distintos, pero nunca falta la lluvia ni faltamos mi hermano y yo, los dos parados frente a la casa abandonada, con nuestros pilotos amarillos, mirando a los policías en el jardín que hablan en voz baja con nuestros padres.
Nos hicimos amigos porque ella era una princesa de suburbio, mimada en su enorme chalet inglés insertado en nuestro barrio gris de Lanús, tan diferente que parecía un castillo, y sus habitantes, los señores, y nosotros, los siervos en nuestras casas cuadradas de cemento con jardines raquíticos. Nos hicimos amigos porque ella tenía los mejores juguetes importados, que le traía su papá de Estados Unidos. Y porque organizaba las mejores fiestas de cumpleaños cada 3 de enero, poco antes de Reyes y poco después de Año Nuevo, al lado de la pileta, con el agua que, bajo el sol de la siesta, parecía plateada, hecha de papel de regalo. Y porque tenía un proyector y usaba las paredes blancas del living para ver películas mientras el resto del barrio todavía tenía televisores blanco y negro.
Pero, sobre todo, nos hicimos amigos de ella, mi hermano y yo, porque Adela tenía un solo brazo. O a lo mejor sería más preciso decir que le faltaba un brazo. El izquierdo. Por suerte no era zurda. Le faltaba desde el hombro; tenía ahí una pequeña protuberancia de carne que se movía, con un retazo de músculo, pero no servía para nada. Los padres de Adela decían que había nacido así, que era un defecto congénito. Muchos otros chicos le tenían miedo, o asco. Se reían de ella, le decían monstruita, adefesio, bicho incompleto; decían que la iban a contratar en un circo, que seguro estaba su foto en los libros de medicina.
A ella no le importaba. Ni siquiera quería usar un brazo ortopédico. Le gustaba ser observada y nunca ocultaba el muñón. Si veía la repulsión en los ojos de alguien, era capaz de refregarle el muñón por la cara o sentarse muy cerca y rozar el brazo del otro con su apéndice inútil, hasta humillarlo, hasta dejarlo al borde de las lágrimas.
Nuestra madre decía que Adela tenía un carácter único, era valiente y fuerte, un ejemplo, una dulzura, qué bien la criaron, qué buenos padres, insistía. Pero Adela decía que sus padres mentían. Sobre el brazo. No nací así, contaba. Y qué pasó, le preguntábamos. Y entonces ella contaba su versión. Sus versiones, mejor dicho. A veces contaba que la había atacado su perro, un dóberman negro llamado Infierno. El perro se había vuelto loco, les suele pasar a los dóberman, una raza que, según Adela, tenía un cráneo demasiado chico para el tamaño del cerebro; por eso les dolía siempre la cabeza y se enloquecían de dolor, se les trastornaba el cerebro apretado contra los huesos. Decía que la había atacado cuando ella tenía dos años. Se acordaba: el dolor, los gruñidos, el ruido de las mandíbulas masticando, la sangre manchando el pasto, mezclada con el agua de la pileta. Su padre lo había matado de un tiro; excelente puntería, porque el perro, cuando recibió el disparo, todavía cargaba con Adela bebé entre los dientes.
Mi hermano no creía en esta versión.
—A ver, ¿y la cicatriz dónde está?
Ella se molestaba.
—Se curó rebién. No se ve.
—Imposible. Siempre se ven.
—No quedó cicatriz de los dientes, me tuvieron que cortar más arriba de la mordida. .
—Obvio. Igual tendría que haber cicatriz. No se borra así nomás.
Y le mostraba su propia cicatriz de apendicitis, en la ingle, como ejemplo.
—A vos porque te operaron médicos de cuarta. Yo estuve en la mejor clínica de Capital.
—Bla bla bla —le decía mi hermano, y la hacía llorar. Era el único que la enfurecía. Y, sin embargo, nunca se peleaban del todo. Él disfrutaba con sus mentiras. A ella le gustaba el desafío. Y yo solamente escuchaba y así pasaban las tardes después de la escuela hasta que mi hermano y Adela descubrieron las películas de terror y cambió todo para siempre.
No sé cuál fue la primera película. A mí no me daban permiso para verlas. Mi mamá decía que era demasiado chica. Pero Adela tiene mi misma edad, insistía yo. Problema de sus papás si la dejan: ya te dije que no, decía mi mamá, y era imposible discutir con ella.
—¿Y por qué a Pablo lo dejás?
—Porque es más grande que vos.
—¡Porque es varón! —gritaba mi papá, entrometido, orgulloso.
—¡Los odio! —gritaba yo, y lloraba en mi cama hasta quedarme dormida.
Lo que no pudieron controlar fue que mi hermano Pablo y Adela, llenos de compasión, me contaran las películas. Y cuando terminaban de contarme las películas, contaban más historias. No puedo olvidarme de esas tardes: cuando Adela contaba, cuando se concentraba y le ardían los ojos oscuros, el parque de la casa se llenaba de sombras, que corrían, que saludaban burlonas. Yo las veía cuando Adela se sentaba de espaldas al ventanal, en el living. No se lo decía. Pero Adela sabía. Mi hermano no sé. Él era capaz de ocultar mejor que nosotras.
Él supo ocultar hasta el final, hasta su último acto, hasta que solamente quedó de él ese costillar a la vista, ese cráneo destrozado y, sobre todo, ese brazo izquierdo en medio de las vías, tan separado de su cuerpo y del tren que no parecía producto del accidente —del suicidio, le sigo diciendo accidente a su suicidio—; parecía que alguien lo había llevado hasta el medio de los rieles para exponerlo, como un saludo, un mensaje.
La verdad es que no recuerdo cuáles de las historias eran resúmenes de películas y cuáles eran inventos de Adela o Pablo. Desde que entramos en la casa, nunca pude ver una película de terror: veinte años después conservo la fobia y, si veo una escena por casualidad o por error en la televisión, esa noche tomo pastillas para dormir y durante días tengo náuseas y recuerdo a Adela sentada en el sofá, con los ojos quietos y sin su brazo, mientras mi hermano la miraba con adoración. No recuerdo, es cierto, muchas de las historias: apenas una sobre un perro poseído por el demonio —Adela tenía debilidad por las historias de animales—, otra sobre un hombre que había descuartizado a su mujer y había ocultado sus miembros en una heladera y esos miembros, por la noche, habían salido a perseguirlo, piernas y brazos y tronco y cabeza rodando y arrastrándose por la casa, hasta que la mano muerta y vengadora mató al asesino apretándole el cuello —Adela tenía debilidad, también, por las historias de miembros mutilados y amputaciones—; otra sobre el fantasma de un niño que siempre aparecía en las fotos de cumpleaños, el invitado terrorífico que nadie reconocía, de piel gris y sonrisa ancha.
Me gustaban especialmente las historias sobre la casa abandonada. Incluso sé cuándo comenzó la obsesión. Fue culpa de mi madre. Una tarde, después de la escuela, mi hermano y yo la acompañamos hasta el supermercado. Ella apuró el paso cuando pasamos frente a la casa abandonada que estaba a media cuadra del negocio. Nos dimos cuenta y le preguntamos por qué corría. Ella se rió. Me acuerdo de la risa de mi madre, de lo joven que era esa tarde de verano, del olor a champú de limón de su pelo y de la carcajada de chicle de menta.
—¡Soy más tonta! Me da miedo esa casa, no me hagan caso.
Trataba de tranquilizarnos, de portarse como una adulta, como una madre.
—Por qué —dijo Pablo.
—Por nada, porque está abandonada.
—¿Y?
—No hagas caso, hijo.
—¡Decime, dale! .
—Me da miedo que se esconda alguien adentro, un ladrón, cualquier cosa.
Mi hermano quiso saber más, pero mi madre no tenía mucho más para decir. La casa había estado abandonada desde antes de que mis padres llegaran al barrio, antes del nacimiento de Pablo. Ella sabía que, apenas meses antes, se habían muerto los dueños, un matrimonio de viejitos. ¿Se murieron juntos?, quiso saber Pablo. Qué morboso estás, hijo, te voy a prohibir las películas. No, se murieron uno atrás del otro. Les pasa a los matrimonios de viejitos, cuando uno se muere, el otro se apaga enseguida. Y, desde entonces, los hijos se están peleando por la sucesión. Qué es la sucesión, quise saber yo. Es la herencia, dijo mi madre. Se están peleando para ver quién se queda con la casa. Pero es una casa bastante chota, dijo Pablo, y mi mamá lo retó por usar una mala palabra.
—¿Qué mala palabra?
—Sabés perfectamente: no voy a repetir.
—«Chota» no es una mala palabra.
—Pablo, por favor.
—Bueno. Pero está que se cae la casa, mamá.
—Qué sé yo, hijo, querrán el terreno. Es un problema de la familia.
—Para mí que tiene fantasmas.
—¡A vos te están haciendo mal las películas! .
Yo creí que le iban a prohibir seguir viendo películas, pero mi mamá no volvió a mencionar el tema. Y, al día siguiente, mi hermano le contó a Adela sobre la casa. Ella se entusiasmó: una casa embrujada tan cerca, en el barrio, a dos cuadras apenas, era la pura felicidad. Vamos a verla, dijo ella. Los tres salimos corriendo. Bajamos a los gritos las escaleras de madera del chalet, muy hermosas (tenían de un lado ventanas con vidrios de colores, verdes, amarillos y rojos, y estaban alfombradas). Adela corría más lento que nosotros y un poco de costado, por la falta del brazo; pero corría rápido. Esa tarde llevaba un vestido blanco, con breteles; me acuerdo de que, cuando corría, el bretel del lado izquierdo caía sobre su resto de bracito y ella lo acomodaba sin pensar, como si se sacara de la cara un mechón de pelo.
La casa no tenía nada especial a primera vista, pero, si se le prestaba atención, había detalles inquietantes. Las ventanas estaban tapiadas, cerradas completamente, con ladrillos. ¿Para evitar que alguien entrara o que algo saliera? La puerta, de hierro, estaba pintada de marrón oscuro; parece sangre seca, dijo Adela.
Qué exagerada, me atreví a decirle. Ella solamente me sonrió. Tenía los dientes amarillos. Eso sí me daba asco, no su brazo, o su falta de brazo. No se lavaba los dientes, creo; y, además, era muy pálida y la piel traslúcida hacía resaltar ese color enfermizo, como en los rostros de las geishas. Entró en el jardín, muy pequeño, de la casa. Se paró en el pasillo que llevaba a la puerta, se dio vuelta y dijo:
—¿Se dieron cuenta?
No esperó nuestra respuesta.
—Es muy raro, ¿cómo puede ser que tenga el pasto tan corto?
Mi hermano la siguió, entró en el jardín y, como si tuviera miedo, también se quedó en el pasillo de baldosas que iba de la vereda a la puerta de entrada.
—Es verdad —dijo—. Los pastos tendrían que estar altísimos. Mirá, Clara, vení.
Entré. Cruzar el portón oxidado fue horrible. No lo recuerdo así por lo que pasó después: estoy segura de lo que sentí entonces, en ese preciso momento. Hacía frío en ese jardín. Y el pasto parecía quemado. Arrasado. Era amarillo y corto: ni un yuyo verde. Ni una planta. En ese jardín había una sequía infernal y al mismo tiempo era invierno. Y la casa zumbaba, zumbaba como un mosquito ronco, como un mosquito gordo. Vibraba. No salí corriendo porque no quería que mi hermano y Adela se burlaran de mí, pero tenía ganas de escapar hasta mi casa, hasta mi mamá, de decirle sí, tenés razón, esa casa es mala y no se esconden ladrones, se esconde un bicho que tiembla, se esconde algo que no tiene que salir.
Adela y Pablo no hablaban de otra cosa. Todo era la casa. Preguntaban en el barrio sobre la casa. Preguntaban al quiosquero y en el club; a don Justo, que esperaba el atardecer sentado en la puerta de su casa, a los gallegos del bazar y a la verdulera. Nadie les decía nada de importancia. Pero varios coincidieron en que la rareza de las ventanas tapiadas y ese jardín reseco les daba escalofríos, tristeza, a veces miedo, sobre todo miedo de noche. Muchos se acordaban de los viejitos: eran rusos o lituanos, muy amables, muy callados. ¿Y los hijos? Algunos decían que peleaban por la herencia. Otros que no visitaban a sus padres, ni siquiera cuando se enfermaron. Nadie los había visto. Nunca. Los hijos, si existían, eran un misterio.
—Alguien tuvo que tapiar las ventanas —le dijo mi hermano a don Justo.
—Vos sabés que sí. Pero lo hicieron unos albañiles, no lo hicieron los hijos.
—A lo mejor los albañiles eran los hijos.
—Seguro que no. Eran bien morochos los albañiles. Y los viejitos eran rubios, transparentes. Como vos, como Adelita, como tu mamá. Polacos debían ser. De por ahí.
La idea de entrar en la casa fue de mi hermano. Me lo sugirió primero a mí. Le dije que estaba loco. Estaba fanatizado. Necesitaba saber qué había pasado en esa casa, qué había adentro. Lo deseaba con un fervor muy extraño para un chico de once años. No entiendo, nunca pude entender qué le hizo la casa, cómo lo atrajo así. Porque lo atrajo a él, primero. Y él contagió a Adela.
Se sentaban en el caminito de baldosas amarillas y rosas que partía el jardín seco. El portón de hierro oxidado estaba siempre abierto, les daba la bienvenida. Yo los acompañaba, pero me quedaba afuera, en la vereda. Ellos miraban la puerta, como si creyeran que podían abrirla con la mente. Pasaban horas ahí, sentados, en silencio. La gente que pasaba por la vereda, los vecinos, no les prestaban atención. No les parecía raro o quizá no los veían. Yo no me atrevía a contarle nada a mi madre.
O, a lo mejor, la casa no me dejaba hablar. La casa no quería que los salvara.
Seguíamos reuniéndonos en el living de la casa de Adela, pero ya no se hablaba de películas. Ahora Pablo y Adela —pero sobre todo Adela— contaban historias de la casa. De dónde las sacan, les pregunté una tarde. Parecieron sorprendidos, se miraron.
—La casa nos cuenta las historias. ¿Vos no la escuchás?
—Pobre —dijo Pablo—. No escucha la voz de la casa.
—No importa —dijo Adela—. Nosotros te contamos.
Y me contaban.
Sobre la viejita, que tenía ojos sin pupilas pero no estaba ciega.
Sobre el viejito, que quemaba libros de medicina junto al gallinero vacío, en el fondo.
Sobre el fondo, igual de seco y muerto que el jardín, lleno de pequeños agujeros como madrigueras de ratas.
Sobre una canilla que no dejaba de gotear porque lo que vivía en la casa necesitaba agua.
A Pablo le costó un poco convencer a Adela de que entrara. Fue extraño. Ahora ella parecía tener miedo: se turnaban. En el momento decisivo, ella parecía entender mejor. Mi hermano le insistía. La agarraba del único brazo y hasta la sacudía. En el colegio, se hablaba de que Pablo y Adela eran novios y los chicos se metían los dedos en la boca, hasta la garganta, haciendo gesto de vómito. Tu hermano sale con la monstrua, se reían. A Pablo y Adela no les molestaba. A mí tampoco. A mí solamente me preocupaba la casa.
Decidieron entrar el último día del verano. Fueron las palabras exactas de Adela, una tarde de discusión en el living de su casa.
—El último día del verano, Pablo —dijo—. Dentro de una semana.
Quisieron que yo los acompañara y acepté porque no quería dejarlos. No podían entrar solos en la oscuridad.
Decidimos entrar de noche, después de la cena. Teníamos que escaparnos, pero salir de casa tarde, en verano, no era tan difícil. Los chicos jugaban en la calle hasta tarde en el barrio. Ahora no es así. Ahora es un barrio pobre y peligroso, los vecinos no salen, tienen miedo de que les roben, tienen miedo de los adolescentes que toman vino en las esquinas y a veces se pelean a tiros. El chalet de Adela se vendió y fue dividido en departamentos. En el parque se construyó un galpón. Es mejor, creo. El galpón oculta las sombras.
Un grupo de chicas jugaba al elástico en medio de la calle; cuando pasaba un auto —circulaban muy pocos—, paraban para dejarlo pasar. Más lejos, otros pateaban una pelota y donde el asfalto era más nuevo, más liso, algunas adolescentes patinaban. Pasamos entre ellos, desapercibidos.
Adela esperaba en el jardín muerto. Estaba muy tranquila, iluminada. Conectada, pienso ahora.
Nos señaló la puerta y yo gemí de miedo. Estaba entreabierta, apenas una rendija.
—¿Cómo? —preguntó Pablo.
—La encontré así.
Mi hermano se sacó la mochila y la abrió. Traía llaves, destornilladores, palancas; herramientas de mi papá que había encontrado en una caja, en el lavadero. Ya no las iba a necesitar. Estaba buscando la linterna.
—No hace falta —dijo Adela.
La miramos confundidos. Ella abrió la puerta del todo y entonces vimos que adentro de la casa había luz.
Recuerdo que caminamos de la mano bajo esa luminosidad que parecía eléctrica, aunque en el techo, donde debería haber lámparas, sólo había cables viejos, asomando de los huecos como ramas secas. Parecía la luz del sol. Afuera era de noche y amenazaba tormenta, una poderosa lluvia de verano. Ahí adentro hacía frío y olía a desinfectante y la luz era como de hospital.
La casa no parecía rara por adentro. En el pequeño hall de entrada estaba la mesa del teléfono, un teléfono negro, como el de nuestros abuelos.
Que por favor no suene, que no suene, me acuerdo de que recé así, de que repetí eso en voz baja, con los ojos cerrados. Y no sonó.
Los tres juntos pasamos a la siguiente sala. La casa se sentía más grande de lo que parecía desde afuera. Y zumbaba, como si vivieran colonias de bichos ocultos detrás de la pintura de las paredes.
Adela se adelantaba, entusiasmada, sin miedo. Pablo le pedía «esperá, esperá» cada tres pasos. Ella hacía caso pero no sé si nos escuchaba claramente. Cuando se daba vuelta para mirarnos, parecía perdida. En sus ojos no había reconocimiento. Decía «sí, sí», pero yo sentí que ya no nos hablaba. Pablo sintió lo mismo. Me lo dijo después.
La sala siguiente, el living, tenía sillones sucios, de color mostaza, agrisados por el polvo. Contra la pared se apilaban estantes de vidrio. Estaban muy limpios y llenos de pequeños adornos, tan pequeños que tuvimos que acercarnos para verlos. Recuerdo que nuestros alientos, juntos, empañaron los estantes más bajos, los que alcanzábamos: llegaban hasta el techo.
Al principio no supe lo que estaba viendo. Eran objetos chiquitísimos, de un blanco amarillento, con forma semicircular. Algunos eran redondeados, otros más puntiagudos. No quise tocarlos.
—Son uñas —dijo Pablo.
Sentí que el zumbido me ensordecía y me puse a llorar. Abracé a Pablo, pero no dejé de mirar. En el siguiente estante, el de más arriba, había dientes. Muelas con plomo negro en el centro, como las de mi papá, que las tenía arregladas; incisivos, como los que me molestaban cuando empecé a usar aparatos; paletas como las de Roxana, la chica que se sentaba delante de mí en el colegio. Cuando levanté la cabeza para alcanzar a ver el tercer estante, se fue la luz.
Adela gritó en la oscuridad. Mi corazón latía tan fuerte que me dejaba sorda. Pero sentía a mi hermano, que me abrazaba los hombros, que no me soltaba. De pronto, vi un redondel de luz en la pared: era la linterna. Dije: «Salgamos, salgamos.» Pablo, sin embargo, caminó en dirección opuesta a la salida, siguió entrando en la casa. Lo seguí. Quería irme, pero no sola.
La luz de la linterna iluminaba cosas sin sentido. Un libro de medicina, de hojas brillantes, abierto en el suelo. Un espejo colgado cerca del techo, ¿quién podía reflejarse ahí? Una pila de ropa blanca. Pablo se frenó: movía la linterna y la luz sencillamente no mostraba ninguna otra pared. Esa habitación no terminaba nunca o sus límites estaban demasiado lejos para ser iluminados por una linterna.
—Vamos, vamos —volví a decirle, y recuerdo que pensé en salir sola, en dejarlo, en escapar. .
—¡Adela! —gritó Pablo.
No se la escuchaba en la oscuridad. Dónde podía estar, en esa habitación eterna. .
—Acá.
Era su voz, muy baja, cerca. Estaba detrás de nosotros. Retrocedimos. Pablo iluminó el lugar de donde venía la voz y entonces la vimos.
Adela no había salido de la habitación de los estantes. Nos saludó con la mano derecha, parada junto a una puerta. Después giró, abrió la puerta que estaba a su lado y la cerró detrás de ella. Mi hermano corrió, pero cuando llegó a la puerta, ya no pudo abrirla. Estaba cerrada con llave.
Sé lo que Pablo pensó: buscar las herramientas que había dejado afuera, en la mochila, para abrir la puerta que se había llevado a Adela. Yo no quería sacarla: solamente quería salir, y lo seguí, corriendo. Afuera llovía y las herramientas estaban desparramadas sobre el pasto seco del jardín; mojadas, brillaban en la noche. Alguien las había sacado de la mochila. Cuando nos quedamos quietos un minuto, asustados, sorprendidos, alguien cerró la puerta desde adentro.
La casa dejó de zumbar.
No recuerdo bien cuánto tiempo pasó Pablo intentando abrirla. Pero en algún momento escuchó mis gritos. Y me hizo caso.
Mis padres llamaron a la policía.
Y todos los días y casi todas las noches vuelvo a esa noche de lluvia. Mis padres, los padres de Adela, la policía en el jardín. Nosotros empapados, con pilotos amarillos. Los policías que salían de la casa diciendo que no con la cabeza. La madre de Adela desmayada bajo la lluvia.
Nunca la encontraron. Ni viva ni muerta. Nos pidieron la descripción del interior de la casa. Contamos. Repetimos. Mi madre me dio un cachetazo cuando hablé de los estantes y de la luz. «¡La casa está llena de escombros, mentirosa!», me gritó. La madre de Adela lloraba y pedía «por favor, dónde está Adela, dónde está Adela».
En la casa, le dijimos. Abrió una puerta de la casa, entró en una habitación y ahí debe estar todavía.
Los policías decían que no quedaba una sola puerta dentro de la casa. Ni nada que pudiera ser considerado una habitación. La casa era una cáscara, decían. Todas las paredes interiores habían sido demolidas.
Recuerdo que los escuché decir «máscara», no «cáscara». La casa es una máscara, escuché.
Nosotros mentíamos. O habíamos visto algo tan feroz que estábamos shockeados. Ellos no querían creer siquiera que habíamos entrado en la casa. Mi madre no nos creyó nunca. Ni siquiera cuando la policía rastrilló el barrio entero, allanando cada casa. El caso estuvo en televisión: nos dejaban ver los noticieros. Nos dejaban leer las revistas que hablaban de la desaparición. La madre de Adela nos visitó varias veces y siempre decía: «A ver si me dicen la verdad, chicos, a ver si se acuerdan…»
Nosotros volvíamos a contar todo. Ella se iba llorando. Mi hermano también lloraba. Yo la convencí, yo la hice entrar, decía.
Una noche, mi papá se despertó y escuchó que alguien intentaba abrir la puerta. Se levantó de la cama, agazapado, pensaba que encontraría a un ladrón. Encontró a Pablo, que luchaba con la llave en la cerradura —esa cerradura siempre andaba mal—; llevaba herramientas y una linterna en la mochila. Los escuché gritar durante horas y recuerdo que mi hermano le pedía por favor que quería mudarse, que si no se mudaba, se iba a volver loco.
Nos mudamos. Mi hermano se volvió loco igual. Se suicidó a los veintidós años. Yo reconocí el cuerpo destrozado. No tuve opción: mis padres estaban de vacaciones en la costa cuando se tiró bajo el tren, bien lejos de nuestra casa, cerca de la estación Beccar. No dejó una nota. Él siempre soñaba con Adela: en sus sueños, nuestra amiga no tenía uñas ni dientes, sangraba por la boca, sangraban sus manos.
Desde que Pablo se mató, vuelvo a la casa. Entro en el jardín, que sigue quemado y amarillo. Miro por las ventanas, abiertas como ojos negros: la policía derrumbó los ladrillos que las tapiaban hace quince años y así quedaron, abiertas. Adentro de la casa, cuando el sol la ilumina, se ven vigas y el techo agujereado y basura. Los chicos del barrio saben lo que pasó ahí adentro. En el suelo pintaron, con aerosol, el nombre de Adela. En las paredes de afuera también. ¿Dónde está Adela?, dice una pintada. Otra, más pequeña, escrita con fibra, repite el modelo de una leyenda urbana: hay que decir Adela tres veces a la medianoche, frente al espejo, con una vela en la mano, y entonces veremos reflejado lo que ella vio, quién se la llevó.
Mi hermano, que también visitaba la casa, vio esas indicaciones e hizo ese viejo ritual una noche. No vio nada. Rompió el espejo del baño con sus puños y tuvimos que llevarlo al hospital para que lo cosieran.
No me animo a entrar. Hay una pintada sobre la puerta que me mantiene afuera. Acá vive Adela, ¡cuidado!, dice. Imagino que la escribió un chico del barrio, en chiste o desafío. Pero yo sé que tiene razón. Que ésta es su casa. Y todavía no estoy preparada para visitarla."

V I B E C H E C K

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